En
un año electoral y, tal como ha ocurrido
en los últimos años, escuchamos
del ofrecimiento de candidaturas o espacios
que los partidos políticos hacen a líderes
cristianos, o de candidatos que buscan el apoyo
de “los cristianos”. También
vemos cómo algunos pastores procuran
sumar adhesiones a ciertos candidatos o partidos,
ya sea porque les han prometido “beneficios”
para los
cristianos o alguna cuota de poder. En este
contexto algunos han llegado a hablar
de “un partido político cristiano”,
idea que gracias a Dios nunca ha prosperado
en México o en España y tiende
a dejar de mencionarse.
Si bien como denominación cristiana respetamos
e incluso toleramos las decisiones de cada uno
de nuestros miembros, dadas las múltiples
consultas y situaciones que se han generado,
parece oportuno expresar el consenso que debe
caracterizar a las iglesias de nuestra denominación
sobre este asunto.
Podemos
otorgar el beneficio de la duda y suponer que,
tanto los políticos que hacen los ofrecimientos
como los pastores que los aceptan, tienen las
mejores intenciones y buscan solo la purificación
de la política y el bien común.
Tanto unos como otros se equivocan y, en el
caso de los pastores, este error tiene consecuencias
fatales para la iglesia y el evangelio.
Los
políticos se equivocan cuando entusiasmados
por el creciente número de cristianos
en Latinoamérica o en España creen
que si logran sumar a su causa a alguno o algunos
de sus líderes detrás de ellos
vendrá “el voto cristiano”.
No entienden lo que es la iglesia cristiana
y cómo funciona. Este pensamiento responde
a la idea de ver a las iglesias cristianas como
sectas y pensar que sus miembros son seguidores
dóciles de sus líderes. No existe
tal relación de influencia directa entre
los líderes y el pueblo cristiano. La
mayoría de quienes en algún país
de América Latina intentaron esto no
llegaron a sumar ni siquiera los votos de su
propia congregación.
¿Está
mal que la iglesia se interese y actúe
en los problemas sociales?
Claro
que no. Las iglesias cristianas tienen aquí una amplia
experiencia y su participación en situaciones
de crisis sociales, educación, adicciones,
pobreza, marginalidad y defensa de la vida aún
no ha sido valorada en su justa dimensión
por el resto de la sociedad.
¿Está
mal que un cristiano participe en política?
Por
supuesto que no. Debemos animar a nuestros
hermanos y hermanas a estar presentes en
todos
los ámbitos de la sociedad con excelencia,
entrega y santidad. Esto incluye también
el ámbito de la política. Creemos
que como iglesias cristianas no hemos alentado
suficientemente a nuestros miembros a una participación
política comprometida y responsable.
Por diferentes razones históricas y teológicas,
en los medios cristianos latinoamericanos siempre
se vio el ámbito de la participación
política como algo sucio que debía
evitarse. Es tiempo de cambiar esta mentalidad.
No
obstante, pretender participar en la lucha política
como iglesia o “pueblo cristiano”,
es una distorsión de la misión
de la iglesia. Es misión de la iglesia
defender valores como los de la vida, la justicia,
la verdad, la igualdad, la dignidad humana o
la santidad de la creación, por mencionar
solo algunos. Cuando lo ha hecho, ha afectado
verdaderamente a la sociedad y más de
una vez ha tenido que pagar el alto precio del
sacrificio.
La
lógica de la política es contraria
a la lógica del reino de Dios. La política
se construye con poder, el reino de Dios se
extiende con servicio y con integridad
La
tentación hoy llega bajo la promesa de
cuotas de poder o de privilegios. “Si
nos votan tendrán este espacio”,
“Si nos votan lograrán estos privilegios”.
La iglesia no está para servirse a sí
misma. La transformación social jamás
se hará desde el poder. Quien quiera
afectar a la sociedad en nombre de Jesucristo
lo hará desde el servicio y no desde
el poder.
Recordemos
algunos ejemplos de la historia reciente: ¿Quién
cambió la historia de los Estados Unidos
en el siglo XX? ¿Los políticos
evangélicos, algunos de ellos racistas,
defensores de la pena de muerte y la guerra;
o el pastor afro americano Martin Luther King
con su prédica que lo llevó al
martirio? ¿Quién afectó
más la situación en Sudáfrica,
los políticos, muchos de ellos evangélicos
reformados sostenedores del apartheid, o el
obispo Desmond Tutu? Por supuesto que lo que
estos hombres hicieron tuvo consecuencias políticas,
pero no obraron desde el poder político
sino desde la “debilidad” de la
entrega, la coherencia y la fe.
Algunos
dicen: “necesitamos verdaderos cristianos
en la política”. Es un error si
se piensa que el solo hecho de ser cristiano
es suficiente. Lo que se necesita en la política
son hombres y mujeres preparados, capaces, íntegros,
honestos, eficientes, con los mismos valores
que defendemos, y si tienen una fe en Jesucristo,
mucho mejor. Muchos caen bajo la seducción
del poder y aceptan candidaturas políticas
sin más antecedentes que sus tareas ministeriales.
Son hombres de Dios preparados para servir a
Dios y es de reconocer que en el arduo trabajo
pastoral son experimentados y preparados. Pero
en el área política ¿Cuál
ha sido su militancia? ¿Cuál ha
sido su formación? ¿Cuentan con
un proyecto para la transformación social
desde el punto de vista político? Suele
responderse: “es una puerta que Dios abre”.
La
tentación del poder es una de las más
difíciles de resistir y suele venir bajo
un sutil disfraz. Jesús mismo tuvo que
soportar esta tentación
Vale
entonces recordar el consejo de Pablo a quienes
en la iglesia de Filipo peleaban por cuotas
de poder. A ellos les dijo: “Cada uno
no debe velar por sus propios intereses sino
por los intereses de los demás. La actitud
de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús,
quien… no consideró el ser igual
a Dios como algo a qué aferrarse. Por
el contrario, se rebajó voluntariamente
haciéndose como siervo, semejante a los
seres humanos. Por eso Dios lo exaltó
hasta lo sumo”.
El
mundo necesita más políticos que
se encuentren con el poder transformador de
Jesucristo y no más cristianos, católicos
y evangélicos que se dejen seducir por
el poder temporal de la política. |